Día 12 – La imperiosa necesidad de justicia

Después de los testimonios de peritos, de análisis de contexto y declaraciones de archivo, el 12 de enero declararon, por primera vez en el Juicio Brigadas, tres víctimas: Laura Franchi y sus hijas, Maria Laura y Silvina Stirnemann desde el Consulado de Argentina en Francia. Fue la última audiencia antes de la feria judicial, la próxima está programada para el 2 de febrero a las 9:30.

Texto: Fernando Tebele – La Retaguardia

Testimonios textuales
Agustina Sandoval -La Retaguardia
Valentina Maccarone -La Retaguardia
Noelia Laudisi De Sa -La Retaguardia
Luis Angió -La Retaguardia

Edición

Diana Zermoglio -La Retaguardia
Diego Adur -La Retaguardia
Julia Varela – Pulso Noticias

Laura Franchi está sentada hace varios minutos en una silla de la amplia sala del Consulado argentino en Francia. Se acomoda el pelo corto mientras en la plataforma de la audiencia virtual el juez saluda a quienes se van conectando. Una imagen resalta en el comienzo de la tarde parisina: Laura tiene un tapaboca rojo, elegante como la blusa multicolor que apenas escapa entre las solapas de un saco negro. 

—Le vamos a pedir a la testigo que, en la medida de sus posibilidades, pueda bajarse un poquito el barbijo para poder declarar libremente —le dice el Presidente del TOF Nº1 de La Plata, Ricardo Basílico.

Ella escucha la lista de imputados en este juicio. Sigue con el tapaboca colocado. Hasta que toma con sus manos los elásticos y se lo quita. Allí comienza a hablar. Ni más ni menos. Casi medio siglo después del inicio del horror. La cónsul María Eugenia de Martini se va de la sala. Solo queda Laura. Y sus tremendas vivencias durante el genocidio. “Para mí es un orgullo estar acá y que un tribunal esté escuchando este testimonio, que tarda 45 años en ser escuchado”. Apenas arranca, la señal se interrumpe. Las barritas rojas que delatan mala conexión estiran la ansiedad. En esta nueva modalidad de juicios virtuales, en otras ocasiones de interrupciones de este estilo, se da lugar al siguiente testimonio. Aquí es imposible. Las tres testigas de esta audiencia serán Laura y sus dos hijas, María Laura y Silvina Stirnemann; y están en el mismo lugar. Desde diferentes miradas, abrirán las puertas a los recuerdos del terror. Habrá dos interrupciones más hasta que la cónsul aporte su teléfono celular para que la conexión sea segura. “Yo me encontraba en la Ciudad de Buenos Aires, siendo oriunda de Olavarría, porque en ese momento, mi marido, Mario Alfredo Stirnemann, padre de mis dos hijas, se encontraba en esa ciudad por razones de persecución”, marca Laura, y aparece la primera referencia de su parte a Mario. “Él era sindicalista, estaba trabajando en Loma Negra S.A. y su hermano Orlando Stirnemann era diputado por la Provincia de Santa Cruz; mi cuñado, Hermida, era auditor de la Provincia de Buenos Aires con el doctor Bidegain (Oscar Raúl, electo gobernador bonaerense en 1973 y obligado a renunciar poco tiempo después por su cercanía con la Tendencia Revolucionaria dentro del peronismo). O sea, toda una familia que estuvo muy relacionada a la política. Es muy importante tenerlo en cuenta por lo que va a ser mi relato; porque hay ciertas situaciones que se presentaron, que hicieron que yo me tuviera que ir de Olavarría por mi hijita, María Laura, que tenía en ese momento 4 años”. 

El secuestro

Entre pequeños cortes en la conexión, Laura se introduce en el relato del secuestro. El puntapié es la mañana del 23 de noviembre de 1974. “Decidimos ir a hacer un paseo, porque era un día muy bonito, con mi cuñado, Juan José Stirnemann; Mercedes Le Bozec, que era amiga, con su hijito Homero; y mi hijita, y ese paseo se truncó”. Integrantes de la Brigada de Quilmes interceptaron al grupo en la calle: “Nos pidieron los documentos, yo me presenté con mi nombre real y bueno… ahí dicen que estábamos detenidas porque estaban buscando a Mario Alfredo Stirnemann. En ese momento, las fuerzas policiales nos trasladaron a la Comisaría”. 

Todo el grupo fue a parar al Pozo de Quilmes. Laura fue llevada allí con su pequeña hija, pero además cursaba un embarazo de tres meses, “de Silvina, que nació en la cárcel. Me trasladan a una cocina donde pasé todo el tiempo hasta que María Laura fue, digamos, llevada con mi mamá y con la familia. Estuvimos en esa cocina donde ella pudo realmente presenciar ciertas situaciones muy difíciles de entender para una niña de 4 años. Evidentemente hubo un allanamiento en mi casa porque todas nuestras cosas: las fotos, los juguetes y toda la ropa de mi hija, sus elementos íntimos, sus cosas más queridas, todo estaba tirado en un patio de la comisaría, todo atropellado”, detalla sin perder la calma, pero visiblemente conmovida por los recuerdos sobre el impacto en su pequeña hija. “La niña estaba muy atemorizada, sobre todo cuando veía que su tío era arrastrado por gente, que estaba completamente torturado. La niña sufrió en ese momento, realmente, una situación de shock terrible. No me acuerdo muy bien si estuvo un día y medio, dos, realmente no puedo precisarlo. En todo caso, estuvo siempre en esta cocina donde hombres grandes, muy transpirados y muy sedientos de sangre, porque esa era la sensación que me dieron, tomaban cerveza, se reían y hasta tenían sus camisas manchadas de sangre. Digo esto porque para un niño pienso que debe ser una imagen bastante impresionante ver ese despliegue de personajes siniestros. No sé lo que le decían cuando yo no estaba con ella, lo cierto es que cuando volvía, lógicamente, para María Laura volvía la protección, los abrazos y volvían los cuentos”. Más tarde, la propia María Laura relatará las marcas que el genocidio dejó en su cuerpo. Será un testimonio corto pero estremecedor. 

A través de los ojos de la niña

María Laura Stirnemann tiene la frente descubierta a pesar del largo pelo lacio que le cae desde arriba. Un par de anteojos grandes parecen cómodos montados en su nariz. El abrigo de media estación queda como excesivo para el calor de Buenos Aires, y parece poco para el frío que se adivina en el crudo invierno pandémico de París. Mira a la cámara, allí en el Consulado argentino, como quien mira a los ojos de su interlocutor. Solo que esta vez son miles de personas las que tiene enfrente, aunque no las vea en la plataforma. Aquella niña de cuatro años también recuerda el día del secuestro: “Fue al volver de un picnic que habíamos hecho en el Delta. Había una camioneta de la Policía que hacía como patrullas alrededor del lugar donde estábamos. En ese momento recuerdo que mi papá dijo que era mejor separarnos, porque si nos encontraban con él íbamos a correr peligro. Así que él se fue por un lado y nosotros por otro. En ese momento la patrulla se paró y nos hizo subir a la camioneta. Yo en realidad hasta ahí recuerdo esos detalles, pero se me hace como un borrón en la memoria. Después de ese borrón sufrí una amnesia postraumática y fui recuperando la memoria poco a poco al transcurrir el tiempo”. Esa memoria recuperada se pone en juego en este juicio. Cuenta que se fue a vivir con su abuela, y que su vida era una crisis permanente: “Todo el tiempo tenía crisis de nervios ante cualquier contradicción. Entonces, como yo hacía muchas crisis todo el tiempo, el psiquiatra, como tratamiento, me llevaba a un cuartel, porque yo tenía como una fobia a los uniformados. Como a mí me gustaba andar a caballo, me llevaba con la gente del cuartel para que yo no tuviera tanto miedo a enfrentarme a un uniforme”.

Entre las terapias que recibió como posible ayuda, su abuela consultó con el cura de la parroquia a la que asistía. El diagnóstico se redujo al mundo religioso: según él, la niña tenía el diablo en el cuerpo porque no estaba bautizada: “Entonces me acuerdo que hicieron un exorcismo, para que yo… a partir de ahí empezó la cuestión del bautismo y del catecismo”, rememora. El genocidio se reveló no solo en el sistema concentracionario, también se jugó en todos los esquemas represivos. Ya lo había puesto en evidencia su madre, también lo haría más tarde su hermana menor, nacida durante el cautiverio.

Las brigadas de Quilmes y Banfield

Cuando Laura narra la tortura, comienza por la ajena. Asegura que se ensañaron con el hermano de Mario, Juan José Stirnemann. “Fue una persona muy maltratada, además de lo físico, en lo psicológico. Por ejemplo, escuchaba que le decían que a mí me habían violado, que yo podía perder el bebé, que a su hermano lo habían matado… o sea, toda una serie de insinuaciones y de informaciones para desestabilizarlo y lograr que la persona se destruyera porque realmente fue algo muy…”. No consigue completar la frase, pero deja claro por qué no quiere olvidar el punto: “Hablo mucho de él porque fue algo realmente muy increíble el estado en que quedó. No sabía si era un humano o si era un despojo”, grafica. Luego sí, se mete en su dolor directo: “Fui interrogada y fundamentalmente lo que querían saber era dónde estaba Mario Alfredo Stirnemann. Todo el interrogatorio giraba alrededor de eso. Como yo estaba embarazada, había un médico que me tomaba el pulso, que decía lo que había que hacer y lo que no había que hacer”. Dice que le llamaba la atención que estuvieran de civil y con un alto nivel de preparación para la tarea: “Eran personas que estaban preparadas para torturar. No sé quiénes eran, no los reconozco. Pero quiero aclarar esto porque había como una especie de división de tareas; la Policía provincial se ocupaba de una cosa, la Policía Federal de otra y los hombres estos torturaban”.

“Hablo mucho de él porque fue algo realmente muy increíble el estado en que quedó. No sabía si era un humano o si era un despojo”

Trae a la audiencia que su familia fue extorsionada: “A mi madre le pidieron dinero para borrar las supuestas pruebas que tenían. Aclaro que yo fui acusada de asociación ilícita por pertenecer al Peronismo de Base (PB), lo que eran las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), o sea que tenía una acusación bien concreta de asociación ilícita y tenencia de material subversivo. Por esas razones le piden a mi familia dinero para borrar las pruebas, a lo que yo me negué rotundamente porque considero que era una situación de extorsión aprovechando la situación de fragilidad emocional de mi familia, que estaba dispuesta a dar ese dinero”.

Su lugar de cautiverio cambió cuando devolvieron a María Laura. De la cocina pasó a un calabozo, al que recuerda por su insalubridad general: “Una celda chiquita con un colchón sucio en el piso”. Desde allí dejó de escuchar a su cuñado. También señala que un carcelero le dijo que querían que todos participaran de las torturas: “Les estaban pidiendo que ellos también participaran, que los querían hacer cómplices pero él no estaba de acuerdo. Eso lo quiero decir porque me parece que es importante: creo que en ese momento, en el año 1974, se empezó a preparar el horror que vivimos después”. Para esa época, el Terrorismo de Estado ya operaba; ese es uno de los desafíos probatorios que se les plantea a las partes acusadoras en este juicio. Apenas había transcurrido una semana de cautiverio. De allí la llevaron al Pozo de Banfield. La recepción fue un clásico del terror: “Me bajan de una camioneta y en ese momento me piden que me ponga contra la pared y me hacen un simulacro de fusilamiento”. Del piso superior donde estaban las celdas y permanecía aislada, la llevaban a un sótano típico de interrogatorio de película, con luces de frente que le impedían ver dentro de la sala oscurísima. Al poco tiempo la llevaron a un pabellón “donde estaban otros presos con los cuales tuve alguna comunicación porque estábamos todos encerrados y a mí, como estaba embarazada, de tanto en tanto me dejaban circular por los pasillos y yo aproveché para abrir un poco las mirillas y tener comunicación con la gente que estaba en ese momento. Ahí conocí a Alejandro Barry que me explicó que su mujer estaba embarazada en la cárcel de Olmos. Más o menos, habré estado un mes y medio por ahí y después fui llevada a Olmos”.

Los papeles y la leche prestada 

El relato de Laura camina seguro entre la oscuridad de la historia. Sobre sus rodillas asoman unos papeles. Entonces aparece una interrupción:

—Disculpas por la interrupción, pero advierto que la testigo cuenta con anotaciones. Le pediría, si es posible, que no consulte con ellas, hago la petición al tribunal y eventualmente, si lo hace, que deje constancia de cuándo lo está efectuando. Gracias —interviene la abogada Carmen Ibañez, defensora de Federico Antonio Minicucci, ex jefe del área militar 112.

—Perdón, ¿puedo intervenir? —pregunta Laura, y sigue sin esperar respuesta— Contesto este tipo de pedidos porque simplemente, señora, hace 45 años que sucedieron los hechos…

—Perdón, yo me dirigí al Tribunal. No a usted, al Tribunal —responde Ibañez con dureza.

—Perdóneme, doctora Ibañez —interviene Ricardo Basílico, Presidente del tribunal—. Más allá de que la señora es testigo, también ha sido víctima. Y el criterio del tribunal es escuchar, por el principio de bilateralidad, a las defensas, a las querellas, a la fiscalía, y también a las víctimas. Entonces, la señora está exponiendo y explicando la situación. La voy a escuchar y después voy a resolver. La escuchamos, señora Franchi.

La defensora Ibañez ya ha intervenido en otras audiencias en sentidos similares. En las jornadas pasadas intentó impedir que una testigo pudiera utilizar un video para graficar la época. El tribunal suele rechazar sus pedidos. Esta vez no sería la excepción. De todos modos le pidieron a la testigo que explicara para qué tenía los papeles a mano. “Estas anotaciones son un recorrido puntual para no olvidarme de nada, porque considero que este juicio llega muy tarde. 45 años son muchos. No es fácil acordarse de todo y para ser fiel a mi relato, que nadie me está dictando ni nadie me lo escribió; es lo que yo viví y eso es lo que le quiero decir a esta señora: que cuando una ha vivido cosas y ha pasado mucho tiempo, lógicamente, necesita tener un ayuda memoria, es para ser lo más fiel posible al relato que estoy tratando de contar, que no es un relato, es un testimonio, y hay personas que no me quiero olvidar porque es muy importante, porque vivieron las mismas circunstancias que yo y quiero que haya una relación entre los hechos”, señala con vehemencia Franchi. Da un paso más y pone como ejemplo otra vez a Barry: “Alejandro Barry estaba en un pabellón donde yo estuve en el momento que a mi me legalizan, donde me llevan con otros detenidos políticos. Había un grupo de personas, ahí me enteré que su señora también estaba embarazada. Es muy importante porque luego, cuando llego a la cárcel de Olmos, ella da a luz después que yo y estaba muy frágil, muy débil, una persona que estaba sufriendo muchísimo. La atención era muy poca, sobre todo en el caso de ella, que la nena había nacido con muy muy poco peso -repite para dar idea de la tremenda situación- y la niña no alcanzaba a ingerir la leche artificial, porque ella estaba muy frágil. En ese momento, como yo ya había tenido a mi hija Silvina, pude amamantarla y puedo decir que pudo salir adelante. Eso es muy importante, que Alejandrina nació después que Silvina y pude alimentarla. Su madre estaba muy frágil, muy mal, debido a todo lo que había pasado. De eso se tratan mis notas; de no olvidarme de nada, ni de lo mío, ni de lo que viví, ni de lo que vivieron los demás”. Con ese ejemplo contundente, Laura Franchi, además de responderle a la abogada defensora, puso en evidencia como en tantos otros testimonios que, aun cuando la práctica genocida buscaba destrozar los rasgos de humanidad y solidaridad distintivos de quienes militaban en aquellos años, algunos lazos permanecieron inalterables. En esa leche materna de Laura, la derrota se tornaba invisible al menos por un instante. Aquella beba, la actual diputada porteña Alejandrina Barry, es una de las que puede dar fe de esa maternidad compartida, el otro lado del espejo del robo de bebés.

“Puede usted tomarse todo el tiempo para realizar su declaración. Llevarla adelante de manera tranquila, pausada, más allá de las limitaciones que hemos tenido hasta este momento y la escuchamos atentamente. Esa es mi resolución”, cerró el asunto Basílico.

Las madres de Olmos

Trasladada a la cárcel de Olmos, tal cual le había anunciado Barry, Laura se encuentra con Susana Matta (la madre de Alejandrina), y se reencuentra con Nelfa Suárez, quien también estaba embarazada; el esposo de Nelfa había muerto en la tortura en el Pozo de Banfield, un hecho del que Franchi supo durante su cautiverio, aunque recién allí le puso nombre al compañero asesinado. También se reencontró con su hija María Laura, que pudo visitarlas: “A partir de ese momento recuperó (la niña) completamente su estado comunicacional, porque había estado muy impactada y muy shockeada por todo lo que había vivido”.

Una vez presa “legalizada”, llegó el momento del parto. Nada puede hacer suponer que aquello transcurriera por fuera del escenario del espanto. “Me llevan al dispensario, en ese momento el Doctor Leone estaba a cargo de ese dispensario de la cárcel, y me hacen un tacto vaginal tan violento que me provocan una hemorragia. En ese momento, como la hemorragia no cedía y los dolores eran muy fuertes, me sacaron de urgencia en un carro de esos que tenía como unas celdas adentro. Me llevan de urgencia a un lugar y me bajan en una especie de establecimiento medio cerrado. Yo no sabía dónde estaba. Después me enteré de que era el Melchor Romero, y que se sitúa en La Plata (el Neuropsiquiátrico «Dr.Alejandro Korn»). Sin decirme dónde estaba, me llevan a una sala de partos donde, supuestamente, iba a recibir cuidados médicos y exámenes y estaba ahí… en un lugar muy sucio. Me ponen en una camilla y me encadenan. La celadora, que estaba conmigo, tenía que estar sentada mañana, tarde y noche al lado mío con un guardia de seguridad en la puerta. Ese lugar estaba sucio; con ratas. Ahí se vivió una situación muy particular porque la celadora no quería estar adentro del lugar ese porque había ratas que pasaban, que iban y venían y yo mirando las ratas cómo pasaban, encadenada en la camilla. Fui controlada por un médico que vino, que era un interno, una persona que estaba muy asustada, que me pidió el número de teléfono de mi familia; se lo dí, fue él quien avisó a mi familia que yo estaba en ese lugar porque nadie sabía dónde me encontraba. Y a partir de ese momento, a partir de todos los reclamos que hizo mi familia, ahí se enteraron”. Las quejas familiares permitieron que la llevaran al Policlínico. “Cuando nace Silvina el parto también se produce de la misma manera: estaba encadenada y con los guardias en la puerta. Silvina nació muy bien, fue un parto normal. Estuve acompañada de las parteras en ese momento. Después me trasladaron a un lugar donde había otras personas, ahí seguía encadenada también a pesar de que ya había tenido al bebé. Al otro día me quieren llevar de vuelta y el Dr. Sabari (quien la había atendido en el paso al Policlínico) pidió que quedara ahí porque Silvina tenía un problema de luxación de cadera. Por supuesto no fue aceptado por el Dr. Leone, este doctor que estaba a cargo del dispensario de la cárcel de Olmos, una persona muy violenta, muy alineada a un tipo de ideología evidente. Tenía una posición completamente adversa a lo que puede tener un médico que tiene que atender a una persona que está por dar a luz o una persona que está enferma. Lo antimédico”, contrasta Franchi. Ese momento muchas veces esperado de la maternidad, para Laura fue parte de la violencia que se le tornaba cotidiana. La operaron unos días después para extraerle parte de la placenta. Una fuerte infección urinaria le produjo daños irreversibles en un riñón. “Mi familia estuvo muy atenta a todo eso, me ayudó mucho. La bebé pudo de alguna manera estar conmigo durante el tiempo que lo estipulaba la ley, en ese momento eran dos años que los bebés podían estar con sus madres en la cárcel. Después de esa situación llegó el golpe militar”.

“Nací el 27 abril de 1975. Soy hija de Laura Rosa Franchi y de Mario Alfredo Stirnemann. Mi mamá estaba embarazada de mí cuando cayó”, comienza Silvina Stirnemann a su turno. A través de la pantalla solo se ve su ropa negra de la cintura para arriba. “Los primeros años de mi vida son muy confusos. Tengo pocos recuerdos. Lo que sí me acuerdo fue la dificultad de llegar después de ese año y medio pasado en la cárcel. No entendía nada del mundo, me parecía completamente ajeno, completamente absurdo y arbitrario. Había gente en el jardín de infantes que no quería que los hijos jugaran conmigo porque yo era hija de subversivos. No entendía bien esa locura general y por suerte mi abuela trabajaba mucho en ese momento, porque nos criaba sola y nosotras nos podemos hacer un mundo un poco paralelo con mi hermana, mis tíos, mis primos y tener un poco un mundo de niños que nos permitió sobrevivir a toda esa locura de esa época”, narra para iniciar su testimonio. “Obviamente todo eso generó en mí una rebeldía muy explosiva a tal punto que me llamaron ‘la piel de judas’ pero era porque yo no podía entender lo que estaba pasando y no entendía esa locura general. Eso fue parte de la primera infancia y son las cosas que puedo recordar de ese momento”, explica.

La caída de Mario

Finalmente Mario Stirnemann es asesinado y desaparecido. En medio de toda su vivencia personal y familiar, Laura lo describe así: “Hubo un incidente en el tiempo en que yo estuve en la cárcel de Olmos, que fue la desaparición de Mario Stirnemann, el padre de mi hijas, en noviembre del ‘75. Yo me entero por los diarios, por un nombre que él usaba, porque Mario Stirnemann era buscado por la policía por sus actividades ‘subversivas’. Era un hombre de ideas, un hombre sindicalista que siempre defendió la democracia y la estabilidad institucional y en ese momento, hay que decir, en Argentina la estabilidad institucional era muy precaria y frágil. Cada vez que había un problema aparecían los golpes militares. Nosotros fuimos parte de una juventud que vivimos esa historia. Entonces a esa juventud se la acusaba de subversivos. Teníamos que aceptar los golpes militares”. Como todavía no había llegado el golpe de Estado, Laura asegura que creía que lo iba a volver a ver: “En ese momento Mario utilizaba un nombre, se llamaba Rodolfo Ludwig, y yo veo el nombre de él en un diario que aparece como herido por un enfrentamiento con la policía en la ciudad de Temperley. En ese momento ni imaginábamos lo de las desapariciones forzadas porque todavía estábamos en el año ‘75, lejos de imaginar el drama y la catástrofe que vivió la Argentina”. Después del golpe, para noviembre de 1976, la trasladan al Penal de Villa Devoto. No tiene que mirar en sus apuntes para recordar que su hija Silvina pensaba que su madre no tenía piernas, ya que la veía a través de un vidrio, en el que solo distinguía su torso. Para esa época su hija María Laura le escribió una carta al General Jorge Rafael Videla, multicondenado por el genocidio, quien murió preso en cárcel común. Quería que su madre pudiera asistir a su fiesta de comunión. Así lo recuerda la hija: “Me contestó una carta diciendome que a mi mamá no la podía liberar, pero que podía hacerle una visita de contacto, que cuando yo creciera iba a entender por qué era imposible para mi tener acceso a ellos y a ver a mi mamá. Pude visitar a mi mamá en la cárcel, fui con mi traje de comunión, en los pasillos de Devoto. La pude ver. Fue un momento superimportante para mí porque hacía como cinco años que no la podía tocar. Cuando íbamos a ver mi mamá le teníamos que hablar a través de un vidrio y no teníamos acceso. No podíamos darle un beso”, relata.

La falsa opción del exilio

En su dinámica perversa, la dictadura entregaba en algunos casos la chance de canjear prisión por exilio. Le llamaban opción. No parecía muy opcional; en todo caso la elección por la salida del país era dolorosa. Laura quería ir a Italia, donde tenía familia, pero no figuraba entre los ofrecimientos. Entre EE.UU., Suecia y Francia, eligió Francia. Era febrero de 1981. Le quisieron hacer firmar un acta de defunción de Mario, que fraguara su ejecución. Se negó. No la dejaron bajar en la escala en Brasil. “Cuando aterriza el avión me dicen: ‘Bueno ahora vamos a ir a buscar las valijas». El Capitán del avión me dice: «Bueno señora, a partir de ahora usted está libre», y yo le dije: ‘Bueno pero ¿adónde voy?’, porque yo no tenía ninguna noción de lo que se estaba viviendo fuera del avión. Este señor me ayuda a ir a buscar las valijas y le pido que llame al internacional o alguien porque yo no sabía a dónde ir, yo no conocía la lengua, no conocía el país, no conocía nada. Cuando me acompaña a buscar las valijas, ahí llegamos a un lugar donde vimos un grupo de personas, y reconozco a una compañera que estuvo presa en Devoto conmigo. Ahí me doy cuenta de que era un grupo de argentinos refugiados y organismos que me estaban esperando para recibirme. Lógicamente fue un momento de mucha emoción que les agradezco siempre, son imágenes muy hermosas”. Quizá sea su única sonrisa durante el extenso testimonio. Desde su llegada al exilio el objetivo se volvió casi único: recuperar a sus hijas. “Se hizo todo lo posible para que mis hijas pudieran recuperar a su mamá. Porque no era solamente recuperar yo a mis hijas, sino que ellas recuperaran a su madre”.

Para las chicas no se trataba de un gran plan, sino de otro cambio en sus vidas agitadas. “Cuando mamá salió de la cárcel se fue a vivir a París —dirá la mayor, Maria Laura—. Al principio también nos escribíamos. Nosotros estábamos muy incorporados en la vida de Olavarría y no teníamos para nada ganas de ir a París. Entonces mi abuela me dijo: «Mirá: vas a ir a París y si te gusta te quedás y si no te gusta te volvés’. Bueno cuando llegamos acá —se reafirmará en la ciudad que luego elegiría para vivir—, yo le dije: «Está todo muy lindo pero mi vida está allá». Cuando nos tuvimos que quedar acá sufrí otro trauma… otra especie de depresión, porque me tuve que acostumbrar a vivir en un lugar, fuimos separados de la familia y todo eso fue bastante difícil para mí. Digo esto porque son consecuencias de lo vivido. Todos los traumas estos en los que fuimos sumergidos de muy chicos”, señalará. 

Para Silvina, la pequeña nacida en la cárcel, el panorama era similar: “Yo no entendía muy bien lo que estaba pasando porque todo el mundo lloraba, y yo decía ¿por qué lloran tanto si vamos a visitarla y volvemos? Yo estaba acostumbrada a ir a visitar a mi vieja a la cárcel. De hecho yo sabía en ese momento que se llamaba mamá, pero tampoco tenía el vínculo muy claro en ese momento de mi vida cuando era chiquita, porque obviamente uno recrea otros vínculos, y yo, por ejemplo, a mi abuela la llamaba ‘Ma’. Y cuando llegué a Francia me di cuenta de que no estaba viviendo una visita porque estaba viviendo un exilio, y eso fue muy fuerte porque no podíamos volver atrás. Era quedarnos, era adaptarnos, era aprender otro idioma, era tener en cuenta un mundo completamente desconocido y la verdad fue muy difícil la llegada, muy difícil aprender a recuperar esa madre. Yo la llamaba madrastra, le decía que era mi madrastra, que mi abuela era mi mamá”. 

Recuerdos del abrazo

Silvina tenía 7 años cuando llegó a Francia. Y algunos recuerdos que aguardaban escondidos para empezar a soldar piezas del alma rota: “Lo que en un cierto modo me salvó en ese momento creo que en el fondo, en lo más profundo, más remoto de mi infancia, hubo un recuerdo, una memoria del abrazo de mi mamá. Y ese abrazo fue el que me reencontré cuando me reencontré con ella. Fue el que me dio de nuevo una identidad a mi vida, fue el que me dio un sentido. Ahí entendí por qué yo estaba ahí y por qué yo existía en un cierto modo, por qué estaba en este mundo”. 

Encontrar a papá

Silvina sitúa también por ese mismo tramo de su vida, la reconstrucción de la figura de Mario: “De mi padre, de chiquita, no sabía casi nada. Solo que era malo, que no se sabía dónde estaba, que mi mamá había caído porque lo había acompañado en la militancia. Pero no sabía mucho más. Cuando me reencontré con mi mamá también conocí a mi padre. Por primera vez escuché hablar de él, escuché hablar de la historia de ellos, del amor que tenían juntos. Escuché hablar de todas esas cosas que hasta ese momento no habían existido en mi relato personal. De hecho, por ejemplo, durante mucho tiempo le pregunté a mi vieja cómo se habían conocido. Y era mi cuento para ir a dormir. Todas las noches le preguntaba cómo se habían conocido. Fue una forma de recuperar un poco ese lazo de entender quien era mi viejo, saber que existía, saber que yo no era ‘La hija del viento’, que no venía de la nada, tanto de un lado como del otro”. Laura eligió evitarle a su hija la incomprensión del modelo de la desaparición forzada: “Mi vieja me dijo que papá estaba desaparecido, y me dijo que desaparecido significaba muerto. Ella decidió que papá había muerto porque dijo que para un adulto ya era muy difícil entender la desaparición, y para un niño era un imposible, así que decidió poner un límite a esa locura que justamente estábamos viviendo”.

La que emprendió la búsqueda (de sus restos y en parte también de su historia) fue María Laura: “Siempre fui una muy buena alumna en clase pero lo que me costaba mucho era como tener una proyección de vida. Empezaba una carrera, no la podía terminar; empezaba otra, tampoco. Me tomé un año sabático y me fui a Argentina a ver si de alguna forma podía organizar mi identidad o mi proyecto de vida. Y empecé a estudiar antropología prehistórica. Fui a ver excavaciones cerca de Monte Hermoso. Pensé que era una buena forma de recuperar la carrera que había empezado. Empecé a hacer una monografía alrededor de esas huellas que habíamos encontrado. Para entregar el trabajo escribí un título que decía ‘Hombres desaparecidos en el suelo pampeano’. Ahí me dí cuenta de que había ido a Argentina a buscar a mi papá, que necesitaba encontrarlo”, explica María Laura. En pocas palabras, resume un proceso reparador desde el trauma. “En ese momento empecé a buscar datos sobre él. Estuve investigando cuatro meses y logré hallar sus restos en el Cementerio de Lomas de Zamora. Cuando lo pude desenterrar, darle sepultura y hacer todo lo que tenía que hacer, gracias también a la participación de los antropólogos forenses (del EAAF), en ese momento pude comprobar que tenía los restos de mi papá. Y era un homicidio, porque el análisis antropológico lo demostraba por todos los indicios que presentaba el cuerpo”. Ese descubrimiento pericial la llevó a la justicia. “Entonces intenté hacer un juicio al Estado. En ese momento el abogado me dijo: “Acá no se puede juzgar porque hay leyes de amnistía y eso no se puede juzgar’. Bueno, dejemos el expediente y en un momento dado seguramente estas leyes como son injustas se van a anular. Y dijo: ‘No, no hay ninguna forma’. Cuando se anularon las leyes empezamos los juicios por la muerte de papá. Papá fue muerto en Puente 12, cayó el 4 de noviembre, sufrió catorce días de torturas y lo ejecutaron el 18 de noviembre. Eso está probado, pero no se pudo juzgar porque los imputados… el juicio se dilató tanto que al final si estaban imputados y ya estaba todo reconstruido, fallecieron y no hubo forma de hacer justicia”. Los juicios por Puente 12, el predio ubicado en Ricchieri y Camino de Cintura, han sufrido cruentas demoras. A finales de 2020 recién comenzó el segundo tramo, sólo contra un imputado. Por eso María Laura contrasta aquella inoperancia judicial con este juicio: “Este testimonio que estoy dando es para mí muy importante, porque sería la primera vez que se hace un poco de justicia con respecto a lo sufrido por mi familia”.

Ruleta rusa de ayer y de hoy

“La memoria la fui recuperando de a ratos”, dirá sobre el cierre de su testimonio María Laura. Esos ratos parecen ser vestigios de algunas de las secuelas que el genocidio dejó en la generación de las hijas e hijos. Una situación de violencia de género, transportó a María Laura a las torturas del secuestro familiar. Con la mano acariciando su mentón, narrará: “En un momento dado yo tuve una relación con un muchacho que tenía un problema de adicción a las drogas. Hubo violencia de género y me quiso hacer una ruleta rusa. Él tenía sus propios problemas y quería una prueba de amor. Haciendo la ruleta rusa me pone la pistola en la cabeza. Tira, pero no había bala y en el momento que yo abro los ojos, tengo un recuerdo, pa”, simula un ruído, por fortuna no de la bala, sino del recuerdo que aparece y explota en su mano, que deja la barbilla y se abre, dejando ver sus dedos finos y largos. De la pareja violenta al Pozo de Quilmes, sin escalas. “En ese momento me doy cuenta. Recapitulo y veo la misma escena. Ahí me acuerdo de que en ese lugar donde estuvimos, en la Comisaría de Quilmes, habían hecho una ruleta rusa conmigo para hacer hablar a mi tío, Juan José Stinermann. Él sufrió una presión para que hablara y dijera donde estaba mi papá. Entonces me presionaron a mí. Y ahí me fueron, como flash de cosas que me iban llegando al recuerdo”, relatará con crudeza. No fue todo. “Unos meses después tuve una pesadilla y vi a mi mamá colgada de una soga… le metían la cabeza en el agua. Me acordé que había presenciado cosas. Entonces fueron como flashes que me iban llegando”. Cada situación de su adultez la llevaba hasta los recuerdos de aquella niña sometida a torturas. “Me fueron sucediendo recuerdos de llantos. Esta memoria me volvió cuando tuve a mi nena y yo no podía escucharla llorar. Entonces me acordé que a mí me hacían escuchar los llantos de otras personas que torturaban. Eso fue otra forma de tortura: hacerme presenciar a mí para poner la presión sobre la persona que estaban torturando”.

El abrazo del país

Es el cierre de una jornada estremecedora. Silvina cuenta que en su reconstrucción personal fija un momento clave en el que se ve junto a su madre: “Tenía alrededor de 13 años y le pedí que me contara cómo había vivido mi parto. Porque yo no tenía elementos, la única cosa que tenía era el relato de otros sobre mi propia vida y era como que todo… Todo era muy frágil, todo lo que yo tenía como construcción propia era muy frágil. Y hubo un momento que se lo pedí como una cosa… ‘Vos me lo debés porque es mi historia, me lo debés porque yo necesito saber’, y ahí empezó a contar como siempre las cosas más contables, las cosas más posibles de decir”. Pero rápidamente nota un cambio en su madre que le autoimpone un límite: “Poco a poco veo que el relato se va deslizando, se va oscureciendo y cuando llega para contarme el parto es como que ahí cierra los ojos y en esa cerrada de ojos me doy cuenta de que yo le estaba haciendo revivir el horror que ella había pasado y que no tenía derecho de hacer eso. Fue la última vez que decidí preguntarle de esa manera tan frontal esa parte de mi historia”.

Silvina recién regresó a Argentina a los 19 años: “Cuando María Laura encuentra los restos de mi viejo fue mi primera vuelta a Argentina para enterrarlo. Fue un momento muy complejo porque fue reencontrarme con el país, fue conocer a mi familia paterna que nunca había visto antes. Fue conocer a mis tíos, a la tía Clelia, mi abuela Blanca, a Juan José, a Orlando, a Marisa y Carozo. Fue realmente como poder reconstruir otra parte nueva, poder abrir otra parte nueva de quién era yo. Ese momento también fue muy complejo, porque fue el encuentro con el país y el enterrar a mi viejo y todo lo que yo había construido desde esa infancia se explotó. Toda mi construcción como que de golpe se fue deshilachando y tuve que empezar una nueva fase donde hubo nuevas pruebas, donde hubo nuevas acciones. Esa nueva fase marca mi retorno al país. Yo pienso también que ese primer abrazo de mi vieja fue el abrazo del país. Fue el reencuentro con un lugar propio, un lugar en el cual uno podía encontrar a otros que eran como uno, y que, de golpe, uno podía construir con otros justamente ese relato que había quedado totalmente destrozado, y que había sido completamente despojado de su naturaleza inicial”.

Asumirse Hijas

En esa reconstrucción identitaria, moverse entre pares fue hallar una comodidad especial: “Para los 20 años del golpe ya tenía 21 años y decidimos crear H.I.J.O.S. acá en París, junto a mi hermana y otros compañeros. Ahí, con los hijos, fue realmente encontrar una mirada, una palabra, una hermandad, que podías hablar con el otro sin tener que explicar, sin tener que definir; podías bromear, podías de golpe ser con el otro. Eso fue en cierto modo un poco mi reincorporación a mi propia historia. Fue sentir que acortaba, que podía un poquito poner menos distancia en el exilio. Ahí empecé a militar con todo en H.I.J.O.S.. Me volvió esa rebeldía, pero en este caso en ese mundo arbitrario, autoritario y fascista, que íbamos a derrotarlo”.

En su búsqueda Silvina ya había estudiado ruso, teatro y cine. Para esta época realizó un doctorado en sociología política “para entender cómo se armaban los entes de poder, los mecanismos de poder. Hice mi maestría sobre ‘Perdón y Justicia en Argentina’ y entrevisté a Madres, Abuelas, Hijos, a toda la gente que podía decirme, explicarme… Leí un montón desde lo interior mismo de esta propia historia. Después confronté con lo que pensaban (Jacques) Derrida, (Vladimir) Yankelevich, (Hannah) Arendt y mi conclusión fue que el perdón no podía existir con personas que no eran semejantes. Es cierto que los genocidas llegaron muy lejos. En cierto modo, salieron de lo que significa la palabra humanidad y lo que significa nuestro vivir juntos”.

La testiga mueve sus manos y balancea su torso acompañando cada palabra. Toda su conclusión le mete presión a la justicia: “Me dí cuenta de que la única cosa que podía reparar estas historias, pero no solamente nuestras historias, sino esta historia, la nuestra como colectivo, como individuos, como pueblo era hacer justicia. Justicia era un horizonte, era un paradigma, era algo que nos permitía reconstruir y poder vivir juntos de nuevo. Podíamos rehacer un contrato social, podíamos ampliar derechos”.

La justicia

La jornada se extiende ya por cuatro horas. No es demasiado para este tipo de juicios. Pero el agotamiento y hasta cierto agobio por todo lo que se ha oído circulan en la gestualidad del Zoom. Queda una última reflexión sobre la vida entera expresada y analizada en tan poco tiempo: “No lo puedo abordar desde lo racional porque es inentendible lo que vivimos. Esa fue mi conclusión. Es inentendible y, al no poder entenderlo, tenemos que poder sentirlo, tenemos que poder reconstruir desde esa herida emocional que nos quedó, desde esa infancia para mí desde siempre. Yo nací con esa herida creo. En ese momento escribí un texto para hacer un coro que se llamaba NACER. A la primera persona que se lo leí fue a mi mamá y cuando se lo leí, ella, por primera vez, me empezó a contar cosas de lo vivido porque claro, el relato era algo completamente inventado, no tenía nada que ver con… tenía algunos elementos, pero el resto era todo inventado, y una de las respuestas que me dio fue: ‘Ya que lo transformaste esto en ficción ¿por qué no nos salvaste?’.  Eso fue justamente una cosa que me interrogó mucho cuando mi vieja me dice eso, porque me doy cuenta, en ese momento, que esa niña de un año y medio no podía salvar a nadie… Que lo real superaba a la ficción y no podía cambiar la historia hasta ese punto. Podía tratar de encontrar y de poner sentido, tratar de hilar, de reconstruir, pero no podía, de golpe, cambiar la historia. Me hubiese encantado, pero no fue lo que yo pude hacer en ese momento”.

Hacer justicia sobre estos hechos no es solo reparador en lo personal. Algo en ese sentido había deslizado María Laura un rato antes: “Para mí es un gran momento; no solamente para mí sino para la Argentina; para todos. Porque yo creo que la única manera de no volver a cometer los mismos errores del pasado es restablecer la justicia y la verdad. La justicia hoy llega muy tarde porque estamos a 45 años de los hechos. Entonces, cuando tarda tanto en venir, uno pierde la esperanza. Pero lo único que deseo para el futuro de mi país es que la justicia llegue antes, mucho antes. Cuando haya hechos de este tipo o cualquier hecho, que se juzgue, porque la justicia está para eso. Nosotros no tenemos porqué hacer justicia por mano propia porque, ese no es el objetivo. El objetivo es que los hombres se sientan protegidos por su gobierno, por su país, por su justicia. Hay que decir que yo muchas veces me sentí muy desprotegida por mi país y por mi justicia. Pido a este tribunal y pido a todos que haya ecuanimidad, que haya imparcialidad y que haya justicia, y que se busque la justicia sistemáticamente porque es la única manera que vamos a lograr una sociedad que viva de manera armónica y que nos respetemos entre todos nosotros”. 

No parece meramente gramatical la repetición del vocablo justicia. Parece más, como dijo Silvina, una necesidad imperiosa. Ante la pregunta del presidente del tribunal si tenía algo más que decir, Silvina dice. “Ya dije lo que quería aportar. Pienso que es necesario haber sido parte de esta historia para pedir que se haga justicia, y no solamente desde lo íntimo, porque hubo muchos años de construcción, muchos años en los que nada se hizo. Luchamos muchos años para que se haga justicia, y es cierto que es una necesidad imperiosa que tengo”.


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